Todo comenzaría a la mañana siguiente de la que mi papá dijo que se sentía mal; al parecer tenía todos los síntomas que constantemente mencionaban en las noticias; no paraba de toser, decía que no podía respirar, y mi abuela, luego de ponerle algo así como un pitillo con números debajo del brazo, dijo que estaba sobre treinta y nueve. No sabía qué significaba eso, pero sí supe que no era bueno por el tono de alarma con el que pronunció aquellas palabras. Entonces, lo que seguía era mantenerme lejos de mi papá, o por lo menos, esa era la orden, pero no la quería aceptar, pues el día anterior había prometido acompañarme a la gran valida de canicas que estaba planeando desde que no me permitieron volver a estudiar.
Mi abuela no me había dejado hacer el circuito de carreras en la sala, hubiera sido un gran escenario para llevar a cabo la competencia; la tierra de la sala estaba más seca que la del patio, así que no había posibilidad que las canicas se detuvieran en las zonas húmedas que sí se encontraban afuera, donde la lluvia había hecho grandes pozos de agua que luego había tenido que rodear para hacer la pista. Ya todo estaba listo, solo quería que mi papá me acompañara para ver si la canica roja —mi favorita y a la que entrenaba después de hacer tareas— sería la campeona. Así que insistí un par de minutos más, hasta que noté su molestia al ver que yo quería acercarme y que él no podía permitirlo.
Después de un rato, escuché que la condición de mi papá había empeorado y que estaban llamando a alguien para que vinieran a verlo. Pasadas unas dos horas y luego de terminada la carrera, en la que la canica blanca —mi tercera canica favorita— quedó victoriosa, llegaron unos hombres con unos trajes muy extraños, parecían como salidos de una película: eran blancos, tenían enormes máscaras que se empañaban con su respiración y no dejaban ver sus rostros claramente. Parecía que nada pudiera atravesar dicho traje, jamás había visto algo así en la vida real. Cuando salieron, corrí a mi cuarto; o bueno, el cuarto de todos, porque todos —Mi abuela, mi tío, mi papá y yo— dormíamos en él, a ver qué le habían hecho.
Mi tío, que acababa de llegar, no me dejó pasar a la improvisada sección de aislamiento preparada para mi papá y de la cual no podía salir a menos que fuera totalmente necesario. Me prohibieron, al igual que a todos, el contacto con él, o algo así fue lo que dijo mi tío mientras nos sentábamos en los viejos troncos que servían de sillas para el comedor. Añadió, además, que mi papá estaba realmente enfermo y me pidió que por favor no lo molestara.
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