Color

Baha

Premura

Creación Literaria Mayo, 2019

Ya había pasado más de un mes desde la muerte de mi mamá, y eso de vender dulces en Transmilenio no estaba muy bueno. Gracias a Dios teníamos ese ranchito en el Divino niño, ahí en ciudad Bolívar, porque lo de los dulces a duras penas nos daba para que comiéramos mi abuela, mis hermanos y yo; no sé qué hubiéramos hecho si hubiéramos tenido que pagar arriendo. Si bien no tuvimos que pagar nada en el hospital, por los gastos médicos y todo eso, si teníamos una deuda con la funeraria por lo del entierro, así que sí o sí debía conseguir un trabajo mejor.

No era fácil intentar tomar las riendas de la casa y hacerme cargo, no podía sentarme a llorar por mi mamá, debía madurar y portar seriedad. Faltaban como dos meses para que cumpliera trece años y ya tenía más responsabilidades que quién sabe qué. Y sí, esas responsabilidades eran mías, no podía esperar que alguien respondiera por nosotros; estaba a cargo de mi abuela, de Sarah y de Daniel. Así que mientras seguía vendiendo mis dulces rogaba porque me saliera un camellito. Mi abuela me decía, cuando me veía desesperado, que me calmara, que Dios siempre tiene el control, que todo iba a estar bien porque la virgencita nunca nos desampara. Yo intentaba creerle, pero el pan de cada día parecía ser hambre, los zapatos no se pueden remontar más de tres veces y la ropa por más que se cosa se acaba, las deudas no dan tregua y la vida cada vez se vuelve más miserable, así que no era fácil creer en la bondad de Dios.

Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar desde ese martes en el que mi abuela me dijo: “Mijo le tengo buenas noticias” Tenía trabajo. La emoción no me dejó dormir; como a las tres de la mañana me desperté pensando que ya me tenía que ir; me resulté levantando a las cuatro y media a alistarme, sentía que todo estaba empezando a cambiar; que la suerte que me había tocado vivir se estaba dispersando como la neblina se despoja de su esencia con la luz; que yo era ahora el objeto consentido de Dios, que se había acordado de mí, porque es que ha de andar tan ocupado en tantas cosas que por un momento me pasé de sus prioridades, porque seguramente se acuerda de los que son buenos, de los que dan limosna, de los que están en la iglesia. Y yo bueno no soy, no doy limosna y odio la iglesia, pero se había acordado de mí, eso era lo importante.

Doña Mireya, la dueña de la casa (en la que estaríamos trabajando) era una señora como de unos sesenta años, y digo que tenía esa edad por las arrugas a los lados de sus ojos, las mejillas caídas y la piel flácida y delgada de sus manos. Claro que no aparentaba esa edad, se veía muy bien conservada. Creo que la primera impresión que daba al verla era de esa ternura que solo un puñado de personas tiene y que los años no le habían podido quitar. Además de ser muy amable, y de tener una apariencia muy apacible, se veía muy devota, su casa estaba llena de cuadros con citas bíblicas e imágenes de santos.

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